Un bebé prematuro

Ayer fue el Día Internacional del Prematuro y es un tema que me llega muy profundamente porque yo tuve un bebé prematuro.

Tener un bebé prematuro es toda una aventura (una que no deseas tener), un mundo desconocido, muchas veces muy doloroso, pero que te deja enormes enseñanzas y un crecimiento muy grande. Esta es mi historia.

Era mi primer embarazo y todo había sido maravilloso: ni un día de mareos, ni vómitos, un poco de cansancio en el primer trimestre, y ya, eso fue todo. El crecimiento del bebé iba de acuerdo a lo normal, nunca tuve ninguna infección, no se me rompió la fuente en ningún momento, no tuve pérdida de líquido, nada. Nada que pudiera indicar que tendría un bebé prematuro, así que ni siquiera sabía qué era un bebé prematuro.

En la semana 30 empecé a tener dolores en la espalda baja, que al ser mamá primeriza jamás reconocí como contracciones. Y ahí empezó todo. Dolores cada vez más seguidos y más fuertes que para cuando llegamos al hospital era ya muy tarde para detener.

Mi plan para el parto de mi bebé era tener un parto natural, de ser posible sin bloqueo, poder tener un momento de arrastre al pecho, poder cargar a mi bebé, pero nada de eso pasó. Mi niño tuvo que nacer a las 30 semanas de gestación, pesando 1 kilo 680 gramos y midiendo 41.5 cm. Tuvo que nacer de cesárea porque era muy pequeño para hacer el esfuerzo de nacer por parto natural. Y en cuanto nació a penas si lo pude ver porque se lo tuvieron que llevar inmediatamente a la UCIN (Unidad de Cuidados Intensivos e Intermedios Neonatales).

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Siendo mamá primeriza, y sin ningún signo de que mi bebé pudiera ser prematuro me había imaginado toda la situación bastante diferente. Me imaginaba recibiendo a la familia y a los amigos en el hospital para que pudieran conocer a mi bebé, con recuerditos de agradecimiento para quienes nos visitaran. Me imaginaba cargando a mi bebé y amamantándolo desde el primer momento. Me imaginaba toda la ropita que iría estrenando en sus primeros días. Me imaginaba cargando a mi niño todo el tiempo, bañándolo, cambiando un pañal por primera vez. Me imaginaba saliendo del hospital con mi niño en brazos y vestido de amarillo. Me imaginaba a mi bebé regordete con los típicos hoyitos de las manos.

La realidad fue muy diferente. Muy poca gente te visita en el hospital en estas circunstancias, ni siquiera pueden ver al bebé, nadie más que los papás pueden ver al bebé, y eso con horarios. En el hospital en el que estuvo mi bebé nos dejaban verlo de 10 a.m. a 12 p.m. y de 5 p.m. a 8 p.m. Eso era todo.

Llegas a la UCIN y te encuentras con bebés en todas las condiciones, historias muy fuertes de cada bebé que está ahí, y grupos de apoyo. Mi primera reacción ante ese grupo de apoyo era “pero y ¿para qué?”, trataba de minimizar la situación, y la verdad es que no me daba cuenta en ese momento de cuánto apoyo necesitas, desde aceptar que lo que estas viviendo no es lo normal y que se vale estar enojada, triste, etc, hasta compartir con alguien que ya pasó por ahí.

Mientras el bebé está en incubadora no puedes cargarlo, el bebé está en pañal solamente así que no lo puedes vestir, no le puedes cambiar el pañal tu misma y lo más que puedes es acariciarlo a través de una ventanita. Está conectado a todos los cables que te puedas imaginar que le miden la saturación de oxígeno, la presión, el pulso, etc. Tubos para alimentarlos por sonda o directamente al estomago, cascos de oxigeno, ventiladores y un sin fin de instrumentos que los ayudan a mantenerse con vida.

IMG_0732No puedes amamantar al bebé porque, para empezar no lo puedes ni sacar de la incubadora, y aunque se pudiera, el bebé no tiene la fuerza para succionar, y no sabe tragar y respirar al mismo tiempo.

Los bebés prematuros son bebés que tienen que esperar su tiempo en la incubadora. Tienen que aprender a succionar y tragar, a que no se les olvide respirar, a regular su propia temperatura. Procesos que normalmente aprenden mientras están en la panza de la mamá.

Los bebés prematuros son tan chiquitos que ni el pañal de recién nacido les queda bien, hay que doblárselo y olvídate de los típicos hoyitos en las manos de bebé regordete. Les puedes contar las costillas y los huesitos de lo flaquitos que son.

Ha sido la experiencia más difícil que he vivido en mi vida, y ni siquiera se puede comparar con tantas historias que conocimos ahí. Si, mi niño nació prematuro, si estuvimos 32 días en el hospital antes de poder llevarlo a casa. Pero nunca tuvimos ninguna complicación, nunca fue necesario operarlo de nada, solo fueron 32 días esperando a que el bebé ganara peso y aprendiera a comer por si solo, y a que pudiera regular su temperatura por si mismo.

Para nosotros cada día iniciaba con la llamada del neonatólogo informándonos de cuánto había subido o bajado de peso, y en esas circunstancias cada gramo ganado es pensar que estas más cerca de salir del hospital.

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Para mi uno de los días más difíciles fue el día en que a mi me dieron de alta y tuve que salir del hospital sin mi bebé. Hacerme a la idea de que él se tendría que quedar, quién sabe cuánto tiempo más, mientras yo tenía que irme del hospital. Y empezaba la odisea de ir y venir diario del hospital dos veces, tratando de descansar y tratando de sacarme la leche cuando no estaba con él, pensando en cada segundo cómo estaría, si estaría respirando bien, si estaría recibiendo bien la leche.

Y empezaban los sentimientos de culpa. ¿Qué hice mal? ¿Por qué nació prematuro? ¿Qué tuve que hacer diferente? Atormentándome todo el tiempo y sufriendo por lo que él tenía que luchar desde una incubadora en lugar de haber podido crecer y aprender todo en su tiempo en la panza.

Muchas veces las llamadas de amigos y familiares te ayudan y te dan un poco de fuerza, pero también hay que lidiar con uno que otro comentario como “aprovecha ahora que está en el hospital para descansar”, como si pudieras descansar sabiendo que tu bebé está en una incubadora en lugar de junto a ti como debería estar, o “que bueno que no tuviste que pasar por los últimos meses del embarazo, son los más difíciles” preferiría haber “sufrido” las incomodidades de los últimos meses del embarazo al dolor y ansiedad de 32 días en el hospital.

Pero dentro de todo el dolor, la incertidumbre y la ansiedad la verdad es que también hay cosas buenas que se pueden rescatar de esta experiencia. No eres el único que vive esa experiencia, estas con otros papás que están pasando por lo mismo que tu (y por cosas peores). Te alegras con los logros de los otros bebés, te preocupas cuando algún bebé está pasando por una situación grave, te da muchísima alegría al saber que ya van a dar de alta a un bebé. Y lo mejor de todo, te quedan amistades para toda la vida.

Viviendo esta experiencia puedes valorar como nadie cosas como la primera vez que puedes cargar a tu bebé, vestirlo, bañarlo, amamantarlo y hasta cambiarle el pañal.

Cuando tienes un bebé de término te lo llevan al cuarto ya vestido, lo puedes cargar inmediatamente, lo puedes amamantar desde el primer día, y tal vez no te detienes a pensar en lo afortunada que eres de vivir cada una de esas cosas de manera tan sencilla.

Con un bebé prematuro te toca vivir semanas y semanas en que lo único que puedes hacer es tocarlo a través de la ventana de la incubadora, en que lo único que tu bebé usa es un pañal de recién nacido que le quedaba enorme, que sólo puede comer por sonda porque es muy débil para succionar por si solo. Y de repente, un día te dicen que ya puede regular su temperatura, que ya lo van a sacar de incubadora y por fin lo vas a poder cargar, por fin va a estrenar su ropa de recién nacido (que también le queda gigante), y otro día ya por fin tiene la fuerza para succionar y por fin te lo vas a poder pegar. Hasta el día en que te dejan bañarlo y cambiarle el pañal por primera vez es un motivo para celebrar.

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32 días después pudimos llevarnos a nuestro bebé a casa, pesando 2 kilos y 5 gramos (un bebé enorme para nosotros), con cuidados y medicinas que un bebé de término no tiene que tener, pero con la enorme felicidad de por fin haber salido del hospital.

La prematurez no termina el día que sales del hospital, son bebés a los que les cuesta más trabajo gatear, caminar, hablar, y se dice que hasta los dos años recuperan ya su desarrollo normal. Muchos de ellos tienen secuelas que les duran toda la vida, complicaciones de desarrollo o de salud que los acompañaran toda su vida.

Nosotros tuvimos la suerte de terminar la odisea al salir del hospital y no tener ya ninguna secuela de la prematurez, más que el recuerdo y aprendizaje que nos dejó. Si, tal vez te vuelves sobreprotector al principio, y tienes mucho miedo de cualquier gripita que le da, no quieres ni que le dé el viento a tu bebé, pero en realidad no tenemos ya nada de qué quejarnos y si mucho que agradecer y valorar en la vida de nuestro niño.

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